En esta semana donde celebramos el Día del Trabajador, quiero rendir homenaje a todas las personas que cada día sostienen el mundo con su esfuerzo. A vos, que madrugás, que cumplís, que resolvés, que ponés el cuerpo y la mente aunque estés cansado o agotada. Hoy quiero contarte una experiencia personal que me marcó profundamente, tanto en lo profesional como en lo personal.
¿Qué pasa cuando el trabajo deja de ser un lugar seguro?
Soy psicóloga clínica desde 2018. Siempre ejercí con mucho amor, pero al emigrar a España, homologar el título fue (en ese momento) misión imposible. Así que tomé otro rumbo y me especialicé en Recursos Humanos. Me encantó: podía ayudar, resolver, pensar estrategias, mejorar la vida de las personas dentro de las empresas. Durante cuatro años crecí muchísimo, construí amistades, desarrollé habilidades, y —como muchas personas— terminé depositando en el trabajo gran parte de mi identidad.
Y ahí me encontré con la primera red flag: todo en mi vida giraba en torno al trabajo. Lo que me hacía feliz, lo que me angustiaba, mis fines de semana, incluso mis pensamientos antes de dormir. Todo era trabajo. Sentía que si no daba el 110% cada día, perdía mi lugar… y con él, mi valor.
El quiebre
Pasé por varias empresas, pero hubo una experiencia en particular que fue un antes y un después. Al principio, el ambiente era desordenado, sí, pero también había espacio para proponer ideas, para mejorar cosas, y me hacía sentir válida. Me gustaba estar ahí, sentía que crecía.
Hasta que llegó una nueva persona al equipo. Al principio, parecía que venía a poner orden y potenciar lo bueno. Pero pronto se volvió evidente que traía otra energía: críticas constantes, comentarios despectivos hacia todo el mundo (incluso hacia quienes dirigían la empresa), manipulación, despidos injustificados, mentiras y un ambiente de miedo permanente. Lo que alguna vez fue un lugar caótico pero lleno de posibilidades, se transformó en un espacio donde todas y todos estábamos tensos, esperando el próximo golpe.
¿Y yo?
Yo veía todo eso. Lo vivía. Lo sufría. Pero tenía un proyecto personal en marcha que no me permitía renunciar. Y como a mí “no me estaba pasando directamente”, seguía. Aunque cada día se sentía más pesado. Me dolía ver a mis compañeres distanciarse, sentir desconfianza, alejarse de mí. Yo, que siempre estuve para ellos. Ver sus caras de miedo cuando los llamaba para algo tan simple como tomar un café, fue un golpe duro.
Aunque esta persona nunca me trató mal directamente, el contexto, la presión por rendir, por no equivocarme, por no “caer en la lista”, me metió en un ciclo de ansiedad, insomnio, frustración y tristeza que duró meses. Nunca llegué a sentirme completamente quemada, pero estuve cerca. Muy cerca.
El final… y un nuevo comienzo
Eventualmente, empecé a priorizar mis valores. A marcar límites. Y como suele pasar en ambientes tóxicos, eso tuvo consecuencias: me despidieron. Pero no lo viví como un fracaso. No me culpé. No me cuestioné como profesional. Entendí que no era funcional a esa lógica de miedo y control, y que por eso no encajaba más.
¿Lo mejor de todo? Muchas personas del equipo que también sufrían en silencio me apoyaron, me escribieron, me agradecieron. Y yo aprendí algo que jamás voy a olvidar: el trabajo es importante, claro. Pero tu vida no puede girar solo en torno a él. Tu salud mental, tus valores, tu dignidad, valen mucho más que cualquier salario.
Si estás en un trabajo de mierda, acá van 3 técnicas para sobrevivir sin perderte a vos en el intento:
- Poné límites mentales y físicos: Aunque sea difícil, intentá desconectar al salir del trabajo. Apagá notificaciones, evitá revisar mails fuera de horario y hacé espacio para tus hobbies, vínculos y descanso real. Recordá: no sos tu puesto, sos mucho más que eso.
- Identificá el moobing o acoso laboral: Si alguien te hace sentir constantemente inferior, te ridiculiza, te ignora o te presiona sin justificación, eso no es normal. No estás exagerando. Documentá lo que pasa, buscá apoyo en RRHH si es seguro hacerlo y hablalo en terapia.
- Anclate en tus valores: En contextos tóxicos, es fácil perder el rumbo. Por eso, tené presente lo que es importante para vos: respeto, colaboración, creatividad, justicia… Lo que sea. Es tu brújula para tomar decisiones, incluso cuando las cosas se ponen difíciles.
Si estás en un lugar que te desgasta, que te apaga o que ya no sentís como propio, no estás solx. Y no, no sos débil por sentirte así. Buscar ayuda, hablarlo en terapia o pedir apoyo es un acto de valentía. El trabajo puede ser un lugar de crecimiento… pero nunca a costa de tu bienestar.
Feliz día a quienes trabajan desde el corazón, incluso en condiciones que no lo merecen. 💛



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